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28/03/08

Lo que sucede cuando buscas una plancha en el trastero

Lo que sucede cuando buscas una plancha en el trastero es que encuentras de todo menos la ansiada plancha y lo que iba a ser una visita de diez minutos se convierte en una estancia de dos horas.

ccac4daab711543861e0c69747ff36c8.jpg Libros de E.G.B (que ya ni existe) con pintadas del niño del momento, exámenes de matemáticas de hace quince años todos pintarrajeados de rojo, el envoltorio casi imperceptible ya del chicle que te regaló alguien en la puerta de una discoteca (¡increíble pero YO lo he encontrado!!), un regalo para el día de la madre del año 84 con un garabato de "te quiero mamá", un pin del Americo Vespucio que te regaló un capitán italiano al final de sus tres días en puerto, cartas del novio de primero de carrera cuando no existía ni messenger, ni sms, ni nada parecido y Madrid estaba lejísimos, lazos de Don Algodón y aquellos otros de muaré comprados en Toke sin los cuales no eras nadie, unos tacos de madera que hicieron un viaje descendente desde lo alto de la Torre de Hércules justo después de pisar el último escalón de subida y que provocaron el enfado de mamá que, casi sin aliento, tuvo que acompañar a la niña llorosa de vuelta abajo para recuperarlos, una foto en el sillón rosa rococó en casa de tu mejor amiga donde dicen que apareció una noche el fantasma de su abuela y en la que te veías tan favorecida, una “bola que mola”, unas gafas de sol de estrella… y miles de cosas más que me han hecho pensar que puede que me esté haciendo un poco, y digo sólo un poco, mayor.

Entre esa nube de recuerdos, en el trastero y habiéndote olvidado ya completamente de la plancha que habías subido a buscar, ves un papel, no tan ajado como debiera, doblado en cuatro. Desde el primer momento sabes que “eso” debería estar en la caja de cosas de “prohibido abrir” y que no tendrías ni que tocar siquiera, pero ya nos vamos conociendo, ¿no?

Y entonces lees una conversación de hace unos meses, llena de rabia contenida, de palabras medidas, de súplicas encubiertas, de dardos envenenados, de reproches, de monstruos, de disculpas y de embriones de perdones, de alejamiento…En ese momento te das cuenta de lo importante que son las palabras, de lo asesinas de muchas cosas que pueden llegar a ser y de que una vez dichas no es posible eliminarlas de la memoria por mucho que uno se empeñe. Se quedan ahí escondidas, taponadas, estranguladas puede que casi imperceptibles por el paso del tiempo, pero están, estuvieron, fueron dichas y en cualquier momento como el de hoy, en el trastero, vuelven para formarte un nudo en la garganta y humedecerte los ojos…

Pero te contienes, vuelves a doblar el papel y de un golpe seco y sin mirar, lo metes en la caja de cosas de “prohibido abrir”. Cierras la tapa y bajas las escaleras, sin tu plancha, es evidente, contenta y triste a la vez, con un halo de nostalgia por el tiempo perdido pero con la certeza de haber comprendido algo.

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Comentarios

Viernes 12.50

Mi madre ha subido a mi trastero y ha encontrado la dichosa plancha en cinco minutos :)

Anotado por: candela | 28/03/08

Yo intento deshacerme de la caja esa de "prohibido abrir"...
sigo buscando el sitio donde ubicarla... los trasteros siempre terminan siendo un desastre...

Anotado por: Criptica | 29/03/08

Quizá esas cajas deberían estar rotuladas con un "prohibido cerrar", quizá esa sería la única manera posible de desatar todos los nudos de la garganta, del estómago, de la entrepierna. Quizá deberíamos dejar marchar todo ese cúmulo de prohibiciones, de dolores, quizá deberíamos quemar, o enterrar, o lanzar al mar todas las palabras que nos hieren. Quizá esa sea la única manera de superarlas, de cerrar las heridas, o volverán a abrirse cualquier día con sólo pasar la mirada por el "prohibido abrir".

Un abrazo

Anotado por: Ahora soy Luz... | 08/04/08

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